El marido me pidió el divorcio con la tostada aún caliente, pero no sabía lo que yo había construido en silencio

Empujó una segunda rebanada de pan tostado por la mesa.

—Entonces deberías comer.

Me senté a su lado. Afuera, el barrio se despertaba: se abrían las puertas de los garajes, un autobús escolar giraba en nuestra calle y la luz del sol se movía por el suelo de madera donde Daniel estuvo una vez y me dijo que no tenía nada que ofrecer. La habitación no guardaba rastro de su certeza; solo la mañana, solo el trabajo y solo la vida que había estado construyendo todo el tiempo.